Las experiencias de pérdida que atravesamos a lo largo de la vida —ya sea por fallecimiento de un ser querido, o a raíz de situaciones vitales como una ruptura sentimental, un divorcio, la pérdida de empleo o la aparición repentina de una discapacidad— despiertan en cada persona un torrente de emociones profundas.
Estas vivencias suelen ir acompañadas de sentimientos de tristeza intensa, pensamientos recurrentes acerca de la ausencia, insomnio, pérdida de apetito y de peso; síntomas que se asemejan a los de un episodio depresivo (DSM 5 TR, APA, 2020). El duelo es un proceso de duración variable, marcado por la singularidad de cada historia y las circunstancias personales de quienes lo atraviesan.
La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, en su obra “Sobre el duelo y el dolor” (1969), describe las cinco etapas que componen el proceso de duelo: negación y aislamiento, ira, negociación, depresión y aceptación. Más adelante, exploraremos con detalle cada una de estas etapas.
Alcanzar la última etapa, la aceptación, no implica necesariamente alegría o ausencia de sufrimiento, sino la posibilidad de encontrar una nueva manera de transitar la vida. Asumir la realidad de la pérdida no significa olvidar a quien se fue ni resignarse pasivamente a la situación; es, más bien, integrar esa experiencia en la propia existencia y reconstruir, poco a poco, un nuevo equilibrio.
Cabe subrayar que estas etapas no se presentan de forma lineal ni universal. Cada persona recorre el duelo a su ritmo, avanzando y retrocediendo entre las etapas, repitiéndolas o viviéndolas en un orden distinto.
El modelo de Kübler-Ross ofrece un marco de referencia valioso para comprender la respuesta emocional ante la pérdida, pero cada proceso de duelo es único e irrepetible, tan singular como la vida misma.
Desde una perspectiva psicodramática, el acercamiento al duelo suele realizarse de dos formas:
La primera se lleva a cabo mediante la escenificación. A través de diversas técnicas, es posible ofrecer a la persona protagonista la oportunidad de acercarse simbólicamente a la experiencia de la muerte. Estas dramatizaciones van desde imaginar su propio funeral, hasta reencontrarse con seres queridos ya ausentes, ya sea mediante la evocación religiosa o la exploración introspectiva.
Autores como Agustín Ramírez, en su obra Psicodrama: teoría y práctica (1998), recogen estas posibilidades en el repertorio de técnicas de acción dramática. Por ejemplo, la técnica de la «silla vacía» invita a dialogar con una persona fallecida, construyendo un ambiente ritual con elementos como luces tenues, velas o telas oscuras que propicien el recogimiento. Igualmente, la técnica de fantasía dirigida permite representar mentalmente situaciones de despedida a través del psicodrama introyectivo. Estas técnicas se pueden usar en cualquier tipo de pérdida.
Verónica Torres (2013) también comparte conmovedores relatos en los que el psicodrama facilita este proceso de acercamiento a la muerte. Uno de ellos, publicado en su artículo Fantasía y muerte. Una aproximación a la propia muerte en terapia (Apuntes de psicología, 31(3), 327-334), lo ilustra de manera clara:
Caso 1. Paciente varón de 72 años, diagnóstico de cáncer de hígado
En el Hospital Regional nº 25 de Monterrey (México), la autora fue contactada para intervenir con un paciente de 72 años en fase terminal, conocido por sus gritos y rabietas en los pasillos del hospital. Tras un primer contacto desafiante, la terapeuta le preguntó si deseaba decirle algo a alguien, a lo que él respondió que quería hablar con Dios. Se dispuso entonces una escena con la colaboración de enfermeros y celadores como yo auxiliares. El paciente, postrado y medicado, fue llevado a una sala preparada con una sábana blanca, linterna y velas. La sesión comenzó con un soliloquio dirigido a Dios, en el que el paciente volcó su resentimiento, nostalgia y dolor. Un enfermero, que casualmente era pastor, interpretó la voz de Dios, provocando en el paciente un llanto profundo y liberador. A través de este diálogo simbólico, el paciente expresó sus pérdidas, reconoció su distanciamiento con sus hijos y la ausencia de su esposa. El encuentro culminó en un abrazo y palabras de reconciliación. Posteriormente, se representó la despedida con sus hijos, encarnados por el celador, permitiendo al paciente hallar alivio y cierre. Días después, el hombre falleció en calma y acompañado por sus hijos, quienes acudieron finalmente a su lecho.
En la literatura existen numerosos casos como este, donde el psicodrama, a nivel individual, permite sanar y resignificar la experiencia de pérdida.
La segunda vertiente implica el trabajo directo sobre los procesos de duelo. Siguiendo la teoría de Elisabeth Kübler-Ross (1969) que mencionábamos anteriormente, el duelo se concibe en cinco etapas: negación y aislamiento, ira, negociación, depresión y aceptación.
La negación suele emerger inmediatamente tras la pérdida, a menudo acompañada de un estado de shock o embotamiento emocional y cognitivo. No siempre se niega el hecho de la pérdida en sí, sino su peso, su irreversibilidad o su significado.
El final de la negación suele abrir paso a sentimientos de frustración e impotencia, que a su vez desembocan en la etapa de ira. En esta fase, la persona busca a quién responsabilizar, ya sea a otras personas, a sí misma o incluso a la vida misma. El duelo exige entonces superar el enfado y la frustración de no poder volver al estado anterior a la pérdida.
La negociación, tercera etapa, se caracteriza por la esperanza de que la situación pueda revertirse o aliviarse de alguna forma. Quienes atraviesan esta fase suelen fantasear con escenarios alternativos o buscar acuerdos, incluso con lo trascendente y religioso.
La cuarta etapa es la depresión: aquí, la realidad de la pérdida se asume en toda su profundidad, acompañada de tristeza, desesperanza, retraimiento social y desmotivación. Es un periodo de recogimiento, en el que la vida parece haber perdido sentido, aunque solo sea temporalmente.
Finalmente, la aceptación llega como un estado de sosiego. No significa ausencia de dolor, sino la comprensión de lo inevitable y la capacidad de hablar del ser perdido sin angustia. Implica reconocer que la muerte y la pérdida son parte natural de la existencia y que, aunque la vida ya no será igual, puede ser reconstruida desde una nueva perspectiva.
En los casos de duelo por enfermedad terminal, la aceptación suele acompañarse de profundas reflexiones sobre el sentido de la vida y el legado personal, permitiendo encontrar paz ante el final inminente.
Así, el psicodrama, al ofrecer un espacio vivencial para explorar, dramatizar y sanar, se convierte en un valioso recurso para acompañar a las personas en su travesía por el duelo, facilitando el reencuentro con la espontaneidad, la creatividad y la esperanza.
¿Puede el psicodrama facilitar el proceso de duelo en personas que han perdido a un ser querido?
El psicodrama ha demostrado ser una herramienta terapéutica efectiva en distintos escenarios, brindando a cada persona la oportunidad de explorar su universo interno a través del teatro y el juego de roles.
En este marco, el psicodrama facilita el acceso a los rincones profundos del inconsciente, promoviendo la catarsis emocional, la comprensión de procesos ocultos y la posibilidad de ensayar conductas nuevas y sanadoras (Martín, 2022).
Esta metodología resulta especialmente valiosa en el abordaje del duelo, pues permite liberar emociones y sentimientos que a menudo permanecen reprimidos, y trabajar con aquellos aspectos que escapan a la lógica consciente.
Blatner sostiene que el psicodrama invita a explorar problemáticas como el duelo mediante la acción; en vez de limitarse a relatar los acontecimientos, las personas los representan, dándoles cuerpo y voz en el escenario de la terapia.
Más allá de la mera representación de conductas externas, esta dramatización incluye también pensamientos no verbalizados, encuentros con quienes ya partieron, futuros imaginados y un sinfín de matices de la experiencia humana (Blatner, 1988, 2005). Así, el psicodrama se erige como un proceso liberador, donde la autorreflexión y el movimiento interior abren la puerta a la reparación y la aceptación.
La reflexión sobre el duelo nos invita, inevitablemente, a mirar hacia nuestra propia biografía, hacia los instantes de dolor, despedida y añoranza que han marcado nuestras distintas etapas de vida. Cada experiencia de pérdida —ya sea una separación, un cambio radical o la nostalgia por lo que fue— constituye un duelo en sí misma, una oportunidad para resignificar nuestro camino.
El duelo, como reacción natural ante la ausencia de alguien o algo significativo, puede, en ocasiones, actuar como un cristalizador de roles, inmovilizando y estancando el fluir vital. En estos casos, el acompañamiento psicológico se vuelve imprescindible para que la espontaneidad y la creatividad recobren su lugar en nuestras diversas funciones.
Reflexionar sobre el “quién/quiénes”, el “cuándo”, el “dónde” y el “cómo” de la pérdida, así como sobre los sentimientos asociados, nos ayuda a reencontrarnos con nuestra historia. Finalmente, aunque el “por qué” permanezca muchas veces sin respuesta, el verdadero desafío es descubrir estrategias para continuar y abrirnos nuevamente a la vida, con renovada esperanza y sentido.
¿Cómo estar abiertos a la llegada de algo nuevo, inesperado, que llenará la sensación de vacío dejada por el distanciamiento de algo perdido? ¿Cómo resignificar la muerte y la perdida dentro de nosotros? ¿Cuál es el papel de la psicoterapia basada en el psicodrama en este proceso de afrontamiento?
Moreno (1971/1992), en su búsqueda de sentido ante una existencia a menudo percibida como vacía, se preguntaba si somos apenas materia efímera o, por el contrario, el epicentro de la creación. Frente al vértigo que produce la conciencia de nuestra finitud, nos invita a cuestionar si es posible colmar el vacío renaciendo creativamente, avivando lo divino en nuestro interior.
Su reflexión nos conduce a la necesidad de evocar una flexibilidad psíquica en la persona, que le permita afrontar los claroscuros cotidianos —las satisfacciones y las frustraciones— y así disponer de una espontaneidad renovada, menos sujeta a las inercias de la tradición o las “conservas culturales”.
La identidad de cada persona, según este enfoque, se va tejiendo en el entramado de relaciones humanas. Desde el nacimiento, nos insertamos en una matriz relacional que marca el inicio de nuestro viaje de socialización, inmersión y pertenencia cultural.
En todas las culturas, los rituales en torno a la muerte cumplen la función esencial de permitir la elaboración simbólica de las pérdidas y de mitigar el temor a la muerte. Así, en algunas tradiciones orientales, el desapego se cultiva mediante prácticas meditativas, la búsqueda de la serenidad interior, la aceptación de lo inevitable y la contemplación serena de lo fugaz y transitoria que es la vida (Rinpoche, 1999).
Por contraste, en la cultura occidental contemporánea, marcada por el materialismo, la muerte suele ser motivo de temor y, en buena medida, ha sido desterrada de la vida cotidiana. Los rituales funerarios se han vuelto breves y “asépticos”; el luto profundo es poco habitual, y prevalece la urgencia por retomar la rutina, a menudo sin conceder espacio suficiente para la elaboración del duelo o la integración del sentido de la pérdida.
Afrontar el duelo puede entenderse como un aprendizaje de vida, una encrucijada en la que el dolor se convierte en semilla de transformación, crecimiento y aprecio renovado por la existencia.
La muerte, en sus distintas formas, nos atraviesa no solo por la despedida de seres queridos sino por el eco que deja en quienes la recuerdan y le otorgan un significado único.
Parkes (1998) recoge que factores como el vínculo con la persona fallecida, el grado de apego o la implicación emocional, marcan la huella que deja el duelo en cada individuo.
El duelo que se experimenta en el núcleo familiar o en la pérdida de una presencia cotidiana suele impactar más intensamente, pues se deshilachan los lazos de interdependencia que tejían nuestras rutinas.
Figusch (2006) señala que la herida más honda la provoca la muerte de una persona significativa dentro de nuestro “átomo social”, pues la ruptura de esos vínculos deja cicatrices socioemocionales difíciles de sanar.
Ferreira-Santos (2003) propone que la llegada de lo nuevo puede cautivarnos o atemorizarnos: mientras algunas personas buscan en la novedad una oportunidad de plenitud, otras la viven como amenaza si revive heridas del pasado que aún sangran. Así, el duelo se convierte en una danza entre el anhelo y el temor, la posibilidad y la pérdida.
Desde la teoría del apego, Bowlby (1980) describe cuatro etapas en el proceso de elaboración del duelo:
- Entumecimiento e incredulidad: un primer tiempo de desconcierto y angustia que puede durar horas o días.
- Añoranza y búsqueda: el corazón anhela y busca a quien ya no está, muchas veces con insomnio o inquietud que puede prolongarse durante semanas o meses.
- Desorganización y desesperanza: momento en que se asume la permanencia de la ausencia y se vislumbra la necesidad de construir una nueva identidad.
- Reorganización: poco a poco, el mundo externo recupera su color, la tristeza se atenúa y renace el interés por la vida.
No siempre este tránsito es lineal: algunas personas pueden quedar ancladas en alguna etapa; el duelo prolongado ha sido reconocido como tal en el DSM 5 TR. Bowlby advierte que no elaborar el duelo puede afectar a la salud emocional y física, pues el dolor no expresado suele manifestarse como tensión, irritabilidad o síntomas somáticos.
El luto no es una estación que se abandona para siempre; la intensidad de la emoción disminuye, pero la muerte es irrevocable, y el proceso de adaptación se reinventa a lo largo del tiempo. La resolución del duelo implica, en el fondo, tejer nuevos vínculos con la memoria del ser querido, integrándola de manera saludable en la vida de quien permanece.
Desde otra perspectiva, Herrera (2016) concibe el duelo por una persona cercana como una crisis que sacude todos los planos de la existencia. Su teoría identifica siete fases, no siempre dolorosas pero sí transformadoras, que exigen un notable ajuste emocional:
- Gestión inmediata del fallecimiento: un tiempo apremiante de decisiones y trámites.
- Crisis emocional: sentimientos intensos, de ira o tristeza, que brotan con fuerza.
- Redefinición del vínculo: un proceso largo de reconciliación interna, donde la ayuda profesional puede ser crucial.
- Crisis familiar: reajustes de roles dentro del entorno más cercano.
- Crisis del proyecto vital: cuando la persona fallecida era muy próxima, es necesario replantear los horizontes propios ante el vacío dejado.
- Crisis de identidad y sentido: se tambalean las certezas y el significado de la vida misma, y si no se logra restaurarlo, el sufrimiento puede volverse abrumador.
- Crisis y adaptación de recursos: hay que aprender a gestionar de nuevo los recursos disponibles, afrontando incluso retos económicos.
En palabras de Zerka Moreno, es fundamental transitar conscientemente el duelo por toda pérdida significativa.
Desde el psicodrama, se busca identificar lo esencial que reclama ser sanado, restaurar la energía desgastada y fomentar el desempeño espontáneo y creativo de roles saludables.
El objetivo es dejar espacio a la expresión de la tristeza, transformar pensamientos limitantes y reconstruir la ilusión de quien ha sufrido una perdida, para que la vida —con toda su complejidad— pueda ser abrazada nuevamente con esperanza renovada.


