La escena psicodramática se compone de cinco elementos esenciales que enmarcan y dan vida al proceso:
Escenario: es el espacio dramático donde se desarrolla la acción. Este no se limita al entorno físico, sino que también abarca el universo representado o imaginario. Así, un salón cualquiera puede transformarse en un dormitorio, una tienda o cualquier otro lugar que la dramatización requiera. Puede haber objetos presentes o no; a veces se incorporan recursos propios del teatro contemporáneo, como cubos de espuma, siguiendo el estilo de Dalmiro Bustos.
La magia del psicodrama reside en el caldeamiento, un proceso mediante el cual, guiado por el director, el protagonista va recorriendo el espacio vacío y, poco a poco, lo convierte en una escena cargada de significado. De este modo, un lugar cotidiano se transforma en un escenario evocador. Los yo auxiliares, elegidos conforme avanza la representación, se suman a la escena e interpretan los roles asignados.
Director psicodramático: es quien dirige la escena, actuando como psicoterapeuta, terapeuta o coordinador del grupo. Su papel es fundamental, pues utiliza las técnicas propias del psicodrama para organizar el desarrollo de la acción y servir de puente entre el protagonista y el grupo. Se guía por dos principios:
1. Principio de humildad: reconoce que puede errar y que no es posible conocer todo sobre el protagonista.
2. Principio de dependencia mutua: acepta y se enriquece con la retroalimentación que le brinda el protagonista, permitiendo que este le oriente y corrija.
El director cuida la estética, da cierre a la escena y dirige cada paso, tanto del protagonista como de los yo auxiliares. Al concluir, acompaña al protagonista y propicia que el eco de la representación resuene en el grupo.
Yo auxiliar: son las personas del grupo elegidas por el protagonista para acompañarle en la dramatización, siguiendo las pautas del director. Estas pueden encarnar a seres queridos, figuras significativas, animales, objetos, entidades, emociones o incluso partes del propio protagonista. Se distinguen los yo auxiliares entrenados (como un coterapeuta) y los espontáneos, seleccionados en el momento según la conexión (tele) percibida por el protagonista. Esta energía y sintonía es lo que guía la elección.
Los yo auxiliares asumen el rol asignado, ya sea real o imaginario, y mediante la exploración de diferentes papeles, la personalidad se expande, se transforma y adquiere mayor flexibilidad para afrontar la vida. Además, el cambio de roles es una herramienta fundamental de integración personal y socialización, permitiendo corregir conductas desadaptativas y promoviendo el aprendizaje.
Los yo auxiliares pueden representar:
- Una persona significativa para el protagonista (si es opuesta se denomina antagonista).
- El doble: actúa como el superyó, ayudando a expresar con claridad los sentimientos.
- Un personaje genérico de apoyo requerido por la escena (por ejemplo: policía, maestro).
- Un personaje imaginario (como una deidad, un príncipe o un progenitor desconocido).
- Un objeto inanimado.
- Un concepto abstracto o estereotipo colectivo (la juventud, la justicia, la sociedad).
Público: está formado por quienes no participan activamente en la escena, permaneciendo en silencio a menos que el director los invite a intervenir. Su voz suele emerger durante el eco, tras la representación.
Protagonista: la persona sobre la que gira la acción dramática. En un grupo, el protagonista entrelaza su historia con la temática colectiva, permitiendo que, al representar escenas de su vida, se haga portavoz de vivencias compartidas. El surgimiento del protagonista puede ser voluntario, fruto de una preselección, sugerencia del director, ejercicio sociométrico, escultura familiar, espectrograma, diagrama de red social, o simplemente de forma espontánea.
El protagonista elige a los auxiliares que encarnarán los distintos roles en la escena. Aquí se activa el tele, esa intuición invisible que guía sus elecciones y otorga profundidad a la dramatización.


